Pasamos en poco tiempo de la inseguridad al orgullo; del estigma a la sorpresa; de la culpa al aporte

Jorge Correa Sutil
Abogado y ex subsecretario del Interior. Ex Decano de Derecho

Fui Decano en 1983 y sentía alrededor mío un cierto estigma, pues el sistema privado de educación superior era mirado con profunda desconfianza. Se trataba de un extraño prejuicio, dado el desarrollo y excelencia alcanzado por la educación secundaria privada y la experiencia de los orígenes de algunas prestigiosas universidades no estatales ya afianzadas. Con todo, el sentir colectivo era que “las privadas” serían un negocio, universidades de segunda, incapaces de ir más allá de la mera docencia en “carreras de tiza y pizarrón” para recoger a los “niños ricos” cuyo puntaje no alcanzaba para las tradicionales.

Nacimos también en un momento de crisis de las universidades tradicionales, intervenidas y mal tratadas por el gobierno central. Muchos académicos de gran valor habían sido expulsados o se les miraba con desconfianza y se les trataba como un peligro.

En esas condiciones, la UDP se constituyó como una sorpresa. En ella se respiraba un ambiente de tolerancia y de respeto por el quehacer universitario que atrajo muchos académicos consagrados de gran calidad y a muchos jóvenes intelectuales, que vieron en ella la posibilidad de hacer una carrera que les estaba vedada o que les resultaba muy difícil en “las tradicionales”. (Recuerdo las llamadas del actual y del ex Rector y de muchos como ellos, interesándose por cupos como ayudantes). Con la buena voluntad de estos académicos, que se encontraban a gusto, fue posible hacer reflexión sistemática acerca de problemas del país y aportar con ella y con investigación incipiente al debate nacional a través de publicaciones, que resultaron influyentes en un momento de rediseño de nuestras instituciones, convivencia y cultura. Si la Universidad no compitió desde un comienzo por los mejores puntajes, en varias Escuelas, a poco andar, los puntajes de corte no se diferenciaban de las tradicionales de provincia y empezamos a atraer a algunos que podían ingresar a cualquiera. Demoramos un tanto, pero pudimos también salir de la categoría de universidades de puras carreras de tiza y pizarrón.
Pasamos en poco tiempo de la inseguridad al orgullo; del estigma a la sorpresa; de la culpa al aporte.

Hoy el entorno y los desafíos son harto diversos y no tendría sentido ningún intento fundado en sentimientos nostálgicos de ese pasado constitutivo. Si lo recuerdo es porque es posible que en ese pasado haya elementos que puedan servir para nuestra constante necesidad de replantearnos. Enuncio algunos: La Universidad, aunque privada, no nació del afán de lucro, sino para aportar al país. Así lo sentíamos con certeza. La Universidad partió con ambición, pero sin arrogancia; a pesar del sentido de misión, nunca hubo dogmatismo; por el contrario, en el discurso, pero más importante, en la práctica, se creó un ambiente de respeto que fue central para atraer a académicos y causar orgullo en los alumnos. Los desafíos hoy son otros, pero, como ayer, habrá que ser lúcido para reconocer las necesidades y las oportunidades del entorno y mantener la ambición con que nacimos, para seguir provocando sorpresas al hacer y al ser más de lo que se espera de nosotros.

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