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Morir y Crecer
domingo, 15 de febrero de 2009
El Mercurio, Reportajes pág.11
El caso de Eluana -como antes el de Terry Schiavo, desconectada por su marido o el de Hannah Jones quien prefirió una muerte pronta a un trasplante- permite mostrar, por enésima vez, los extremos a que podría conducir una moral que por presumir en exceso de conocer el bien humano descuida los intereses de los individuos.
En el caso de Eluana se esgrimieron múltiples razones y preceptos para obtener que un cuerpo que estaba en coma profunda por casi dos décadas, siguiera tal cual ojalá por otro par de décadas más. Se pretendía así homenajear el valor de la vida humana y la voluntad de Dios que en ella se realizaría. Ese cuerpo despojado de toda intimidad, trajinado una y otra vez y sin conciencia, debía mantenerse así -a despecho de la voluntad de quienes ella quiso y en quienes confió- para que la magnificencia de Dios -mediante el misterio del sufrimiento- pudiera refulgir. El padre de Eluana -al revés de Abraham pero cumpliendo la misma tarea- no debía matar a su hija sino mantener su cuerpo respirando a ultranza.
¿Tiene sentido todo eso desde el punto de vista público?
Por supuesto nada impide que usted pueda utilizar su cuerpo o el de quienes usted ama, para, contando con su voluntad, dar testimonio de su fe y rendir homenaje al Dios en quien usted confía. Si llegado el caso a usted le ocurre lo que a Eluana, los suyos podrían decidir que su cuerpo -desprovisto de todo lo que hoy le confiere sentido a su vida- respirara el mayor tiempo posible. Y ellos, con total honestidad, podrían ver en ese extremo terapéutico no un exceso de técnica sino un acto de fe. Así como los Testigos de Jehová creen que transfundirse ofende a Dios, usted puede pensar que de lo que se trata es de estirar la cuerda de la vida biológica -un cuerpo respirando pausadamente durante décadas, así no sueñe, se duela, disfrute, espere, ame ni imagine- lo más posible. Usted, en suma, podría pensar que la vida es un don que no puede rehusar; que, bien visto, el sufrimiento acredita la trascendencia, y que la dignidad de la vida deriva de quien nos la dio y no de quien la vive.
Hasta ahí todo está bien. Nada que discutir.
Lo que en cambio es digno de debatirse es si, a partir de esas convicciones, usted cuenta con una buena razón para exigirles a los demás que, llegado el caso, hagan lo mismo con los suyos.
Porque usted podría pensar -al revés de lo anterior- que un cuerpo humano sumido para siempre en los meandros de la inconsciencia, y desprovisto ya de toda esperanza de volver a ser el que era, no debe ser mantenido a ultranza. Usted puede creer que ese sufrimiento no tiene sentido, que es una desgracia pura y simple, un dolor inútil y que dotarlo de un significado trascendente es un anhelo profundo, pero pueril. Quizá usted piense que tratar con dignidad a un ser humano consiste en no usarlo como medio para ningún fin, ni siquiera para probar a los demás nuestro sentido de la trascendencia.
Si usted piensa todo eso, ¿qué razón podría esgrimirse para obligarlo a hacer lo que no quiere -mantener a toda costa ese cuerpo deshabitado- salvo las que derivan del Dios en quien usted no confía y en el que no cree?
En una sociedad abierta cada uno de nosotros está, por supuesto, sometido a reglas que debe cumplir. Pero para que esas reglas nos obliguen deben contar con nuestra anuencia (es el caso de las reglas legales adoptadas luego de una deliberación pública) o ampararse en ciertos mínimos de reciprocidad (como ocurre con las reglas del intercambio) o persuadirnos racionalmente (que es lo que ocurre con importantes principios éticos).
En cambio las reglas inspiradas en la fe o las creencias religiosas (la de los Testigos de Jehová, de la Iglesia Católica o la de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días) o fundadas en la simple autoridad de quien las emite (el Papa, el profesor, el médico o quien fuere) no pueden obligarnos.
En el caso de Eluana lo que se discutió fue si existía alguna regla que obligara al padre a sostener esa vida biológica sin ninguna esperanza y contra toda evidencia.
Una regla como esa -concluyeron correctamente los jueces- no existía. La omisión del padre no equivalía a ejecutar una acción homicida. Especialmente si, como era el caso, no había expectativa alguna de mejora y la voluntad de Eluana había sido que, llegado el caso, no se porfiara con su cuerpo. En esas condiciones ¿qué regla -salvo las construidas a partir de convicciones que ninguno está obligado a seguir- podría esgrimirse para mantener a ese cuerpo vacío respirando?
Había por supuesto otra serie de reglas que argüir (la Iglesia se esmeró en comunicar varias) pero ninguna resultaba compulsiva en una sociedad que se compromete a no obligar a sus miembros a hacer nada que no se funde en el consentimiento, la reciprocidad o la racionalidad.
Así el padre de Eluana pudo, afortunadamente, dejar de sufrir viendo a esa hija suya -la misma que alguna vez soñó, deseó, rió, lloró, esperó, quiso, odió y amó- convertida por otro par de décadas en un despojo para mayor gloria de Dios.
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